Excrementos vitales

Acabo de eliminar un blog que tuve desde el 2008 al 2012, excrementos vitales, no sin antes descargarme las entradas, que tienen tela.

Al hacerlo, en la plataforma blogger,  he descubierto que tenía otro blog que se llamaba barrina que barrinaràs, con diferentes manualidades/regalos que había hecho para amigas y sus fotos del proceso. También lo he eliminado permanentemente.

Eso quiere decir que llevo más de 10 años “blogueando”.

Incluso la RAE ya ha aceptado el término blog, aunque no “bloguear”:

1. m. Sitio web que incluye, a modo de diario personal de su autor o autores, contenidos de su interés, actualizados con frecuencia y a menudo comentados por los lectores.

Me llena de profunda satisfacción tener espacios virtuales para poder escribir. Que mis escritos se guarden, se organicen y yo pueda releerlos. Aunque no haya nadie al otro lado o no lo haga con frecuencia, a mi ya me merece la pena.

Hoy, doy gracias por los blogs, o por la escritura, o por la lectura. O por ambas.

Y os dejo un fragmento del libro que me estoy leyendo (en papel) extraído de la Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes.

Carta a Andrés escrita desde las Batuecas por «El Pobrecito Hablador»

(Artículo enteramente nuestro)

Mariano José de Larra

[Nota preliminar: Reproducimos la edición digital del artículo ofreciendo la posibilidad de consultar la edición facsímil de El Pobrecito Hablador. Revista Satírica de Costumbres, por el Bachiller don Juan Pérez de Munguía (seud. de Mariano José de Larra), n.º 3, setiembre de 1832, Madrid; paginación en color azul.]

«Rómpanse las cadenas que embarazan los progresos; repruébense los estorbos, quítense los grillos que se han fabricado de los yertos de los siglos…»

M. A. GÁNDARA. Apuntes sobre el bien y el mal de este país.

Imagen

De las Batuecas este año que corre.

Andrés mío:

Yo pobrecito de mí, yo Bachiller, yo batueco, y natural por consiguiente de este inculto país, cuya rusticidad pasa por proverbio de boca en boca, de región en región, yo hablador, y careciendo de toda persona dotada de chispa de razón con quien poder dilucidar y ventilar las cuestiones que a mi embotado entendimiento se le ofrecen y le embarazan, y tú cortesano y discreto! ¡Qué de motivos, querido Andrés, para escribirte!

Ahí van, pues, esas mis incultas ideas, tales cuales son, mal o bien compaginadas, y derramándose a borbotones, como agua de cántaro mal tapado.

Esa breve dudilla se me ofrece por hoy, y nada más.

¿No se lee en este país porque no se escribe, o no se escribe porque no se lee?

Terrible y triste cosa me parece escribir lo que no ha de ser leído; empero más ardua empresa se me figura a mí, inocente que soy, leer lo que no se ha escrito.

¡Mal haya, amén, quien inventó el escribir! Dale con la civilización, y vuelta con la ilustración. ¡Mal haya, amén, tanto achaque para emborronar papel!

A bien, Andrés mío, que aquí no pecamos de ese exceso. Y torna los ojos a mirar en derredor nuestro, y mira si no estamos en una balsa de aceite. ¡Oh feliz moderación! ¡Oh ingenios limpios los que nada tienen que enseñar! ¡Oh entendimientos claros los que nada tienen que aprender! ¡Oh felices aquellos, y mil veces felices, que o todo se lo saben ya, o todo se lo quieren ignorar todavía!

¡Maldito Gutenberg! ¿Qué genio maléfico te inspiró tu diabólica invención? ¿Pues imprimieron los egipcios y los asirios, ni los griegos ni los romanos? ¿Y no vivieron, y no dominaron?

¿Que eran más ignorantes, dices? ¿Cuántos murieron de esa enfermedad? ¿Qué remordimientos atormentaron la conciencia del Omar que destruyó la biblioteca de Alejandría? ¿Que eran más bárbaros, añades? Si crímenes, si crueldades padecían, crímenes y crueldades tienen diariamente lugar entre nosotros. Los hombres que no supieron, y los hombres que saben, todos son hombres, y lo que peor es, todos son hombres malos. Todos mienten, roban, falsean, perjuran, usurpan, matan y asesinan. Convencidos sin duda de esta importante verdad, puesto que los mismos hemos de ser, ni nos cansamos en leer, ni nos molestamos en escribir en este buen país en que vivimos.

¡Oh felicidad la de haber penetrado la inutilidad del aprender y del saber!

 

Continúa…

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